

Tomar un taxi en La Habana es una misión cada vez más difícil que se complica y encarece de un día para otro a medida que los conductores van agotando la gasolina que consiguen racionada. Quien dice un taxi dice un almendrón ―coches antiguos de transporte colectivo―, una gacela ―minibuses amarillos del Gobierno―, un cocotaxi ―un motocarro con caparazón―, un bicitaxi ―un señor que pedalea para dos turistas con sombrilla―, una moto, un triciclo eléctrico y hasta un coche de caballos. Subirse a cualquier cosa que sirva para llegar al trabajo, volver a casa, ir al médico o acudir a una cita implica caminar kilómetros o sumarse a los grupos de personas que esperan, por un tiempo indeterminado pero no menos de 15 minutos y hasta una hora o más, debajo de un árbol, al lado de un puente o en una esquina.
Los cubanos esperan un transporte y comer ese día, enredados en una maraña de obstáculos para conseguir pollo, por ejemplo, a un precio que puedan pagar en medio de subidas desbocadas. Pero también esperan llegar a otro sitio, o que algo pase pronto, o que haya un cambio, casi el que sea, porque empieza a cundir la idea de que hay algo irreversible en esta crisis. “Los viejos dicen que esto no se ha visto en Cuba antes”, dice una joven de 20 años que se sube, después de hacer gestos a varios vehículos y esperar una media hora sin saber si alguno parará, en un enorme Chevrolet de los años cincuenta con reguetón a todo trapo que comparte con otros cuatro pasajeros y el conductor. “Con que lo que venga sea un 5% mejor, ya es algo”.