

La estampa se ha vuelto cíclica y, por lo mismo, estéril. Mientras en la pista del Aeropuerto Internacional de Culiacán aterriza una comitiva de fuerzas especiales del Ejército, a pocos kilómetros, en un taller de la colonia Gabriel Leyva, se consuma el segundo homicidio del día. Tras 16 meses de fractura y conflicto interno en el Cártel de Sinaloa, el arribo de elementos castrenses ha demostrado ser más un paliativo visual que una solución táctica; el despliegue no ha logrado reducir los índices de violencia ni devolver el control territorial a las instituciones. La logística oficial es opaca: los militares llegan con estruendo, pero nunca se informa con claridad sobre el retiro de quienes son relevados. Esta estrategia de “mostrar músculo” carece de músculo real si los hechos delictivos mantienen su inercia. Es imperativo que las autoridades replanteen el modelo; la exhibición de fuerza, sin una inteligencia que la respalde, es solo escenografía.